Épernay es la capital del champagne y, como toda capital, goza de avenidas ilustres. Camino por la ciudad y llego a la plaza de la Republique, desde donde arranca la famosa y reputada Avenida del Champagne. La vía en sí no ofrece nada en particular. La calle, aunque es un espacio limitado, no tiene principio ni final, me digo a mí misma. Incluso me atrevería a decir que la Avenida del Champagne es una vía sin argumento. Sin embargo, me parece una calle peligrosa, astutamente silenciosa.

Peligrosa porque he recordado la definición de aforismo que hizo Leonid Sukhorukov “Un aforismo es una novela de una línea”. La Avenida del Champagne es un aforismo, es decir, una novela de una sola línea. Una novela donde están representadas las Grandes Casas del champagne con nombre propio. Recorriendo la línea, miro a izquierda y derecha tomando nota de cada número y esperando encontrar un sentido a todos ellos: en el número 11 Maison Belle Époque, en el 15 Collard-Picard, en el 17 Fédération Régionale des Vignerons Indépendants de Champagne, en el 20 Moët & Chandon, en el 24 Demoiselle, en el 25 Esterlin, en el 28 Perrier-Jouet, en el 34 Pol Roger, en el 37 Gonet, en el 40 Bergère. Sigo anotando: Boizel De Venoge 46, Saint Germain 51, De Castellane 63, Mercier 75, Comtesse Lafond 79, y 85 Champion-Devaux.

Como veis, la Avenida es una novela, pero no hay argumento. Porque el estilo es el eje central de la vía. Y su peligro es ése.

Fastuosos edificios, de un lujo evidente, que quieren ser mirados. Cada silencioso número escribe una novela que lleva consigo la historia de una Maison. Y cada Maison guarda un secreto, el de su estilo. Entre sus paredes subterráneas, los Chef de Cave, parecen proteger el misterio de la bebida, lo más importante de un champagne, la marca de la casa, su estilo. Ya lo dijo Navokov: “Mientras el estilo avanza dando triunfales zancadas, la trama camina detrás arrastrando los pies”

La historia de esta Avenida ha sido alimentada año tras año, sobre todo en el siglo XIX, por compra-ventas y movimientos varios que los poderosos del champagne hicieron para posicionarse ahí, ampliando sus mansiones y haciendo frente al creciente éxito de su producto: el champagne, símbolo del lujo.

Entre la vía y cada uno de los números se dibuja una frágil frontera, como una cortina de humo donde el transeúnte, consumidor o no de champagne, no tiene posibilidades de acceder. Por un momento, me puse frente a la fachada de uno de los números, me concentré mirando fijamente al fondo con la mirada perdida y me pareció entrar en aquellos salones llenos de mensajes. No debería haberme extrañado de su peligro, al fin y al cabo, el champagne siempre ha tenido algo de misterioso y excéntrico.

La Avenida del champagne es una vía estratégica, de un estratégico silencio. Al margen del enigma y tomada en su conjunto, me digo que ese ha sido su mérito, el mantenerse como inclasificable. Contra toda expectativa va a resistir y a triunfar porque en la Avenida del champagne todo parece funcionar con puntualidad.

Isabel Chuecos-Ruiz (Barcelona 1970) es arquitecto y sommelier. Escribe sobre champagne para revistas especializadas, desde un punto de vista alternativo utilizando la literatura para hablar de las conexiones invisibles que el vino traza con nosotros y buscando un mundo paralelo para explicar un vino.